Bóreas y Aynara observaban el salón desde lo alto de la escalera principal.
La fiesta de Uzziel estaba en su apogeo. Los invitados reían, bailaban, celebraban. Y en medio de todos, su hijo, el pequeño tirano, caminaba entre las piernas de los adultos como si fuera el dueño del mundo.
—Mira —dijo Aynara—. Ya está dando órdenes.
—Es mi hijo —respondió Bóreas.
—Eso no es una excusa.
—Es una explicación.
Aynara rió.
—Eres imposible.
—Lo sé. Por eso me quieres.
—Eso no es cierto.
—Un poco.
—Solo un