Kurt no quería tener hijos.
No era que los odiara. No era que no le gustaran. Era que un cachorro Lycan era muy difícil de criar, y más aún para una humana como Elena. Los embarazos Lycan eran complicados, peligrosos, y a menudo ponían en riesgo la vida de la madre.
—No quiero que sufras —le dijo una noche, mientras cenaban en la fortaleza.
—No voy a sufrir —respondió Elena.
—No lo sabes.
—Lo sé. Porque tú me cuidas.
—No puedo cuidarte de todo.
—Puedes intentarlo.
Kurt suspiró.
—Eres terca.
—Lo