Yskara los observó en silencio.
Su mirada recorrió a Ariel, arrodillado y tembloroso. Luego a Carlo, igual de tembloroso. Luego la habitación, la comida a medio comer, la ropa limpia que les habían dado.
Cuando habló, su voz era como el susurro del viento entre los árboles. Suave, pero imposible de ignorar.
—Levántense.
Ariel y Carlo obedecieron de inmediato, pero mantuvieron las cabezas bajas.
—Mírenme —ordenó.
Levantaron la vista con esfuerzo, como si cada grado de inclinación les costara una