El estudio de Bóreas estaba en el ala oeste de la fortaleza. Para llegar, había que cruzar un largo pasillo flanqueado por estatuas de antiguos reyes Lycan, todos ellos con expresiones feroces y ojos tallados en piedras preciosas que parecían seguir al visitante con la mirada.
Antonio caminaba al frente, con la espalda recta y la mandíbula apretada. Trataba de no demostrar el miedo que sentía. Detrás de él, Luis y Mario iban pegados como lapas, casi pisándole los talones.
Kurt abrió la puerta.