Las risas cesaron. Los juegos se detuvieron. Los hombres y mujeres que estaban sentados se pusieron de pie. Los que estaban de pie se arrodillaron.
Propios y extraños. Lobos, Lycan, humanos. Todos se postraron ante su rey.
—Majestad —dijeron al unísono, sus voces formando un coro que resonó en el claro.
Antonio se quedó anonadado.
No era un rey de nombre. No era un título vacío. Era uno de esos reyes que realmente lo llevaban en la sangre. Los que nacen para gobernar, los que inspiran lealtad s