El cordero estaba excelente.
La había oído decirlo, tranquila e imperturbable, con esa compostura particular en la que había pasado el resto de la cena intentando encontrar una grieta y fallando. Ese fracaso era lo que se me había quedado en el pecho mientras salía del edificio de Dominic y entraba en la fría noche de Chicago. Porque yo había sido muy precisa con esas palabras y ella las había absorbido como si no significaran nada, como si hubiera comentado el tiempo. Las mujeres capaces de ha