El ático estaba en silencio del modo específico en que se quedaba cuando Dominic se iba y el peso operativo de su presencia se levantaba del aire. Llevaba tres horas sentada con ese silencio: leyendo y luego no leyendo, pensando en la mañana, en las seis pulgadas, en su nombre en mi boca y en el «vete» dicho del modo en que ella lo había querido, que era como un regalo más que como un despido. Había estado sentada con todo eso y haciendo un trabajo razonable de no desmenuzarlo demasiado a fondo