Podía escucharlo gruñir. A pesar de la música alta, su enojo se colaba entre los sonidos como un rugido salvaje.
—¿Y de mí...? ¿No te gustaría conocerme? Te hice una pregunta, respóndeme, hijo de perra—su voz me eriza la piel.
Me sujeta con fuerza del brazo.
No necesito verlo a la cara para saber que está ardiendo en rabia y celos. Siento el frío del cañón rozando mi hombro desnudo.
Me aterra.
Javier se rasca la garganta y palidece. Puede darse cuenta de que está en territorio enemigo.
—T-todo