Una dulce amenaza.
Entro a la habitación secándome el cabello, con una toalla colgada a mi cintura, y Sol despierta.
—Me duele el cuerpo —gimotea, estirándose.
Algunos de sus huesos hacen un sonido crujiente. Me mira, subiendo la sábana hasta cubrirse la cara.
—¿E-estabas ahí?—sus ojitos hinchados me miran.
—Pensé que me hablabas a mí—digo con sorna.
—Ah... hablé sola—esa voz tan tierna que me golpea con dureza.
—¿Por qué te cubres el rostro? ¿Tiene algo nuevo que no haya visto?—
—E-es que estoy fea...—me acerco