Nunca había visto a un ángel dormir... hasta que conocí a Sol.
Mi erección fue instantánea. Me sostuve la cabeza con una mano para observarla con devoción, como si verla me ayudara a entender por qué estaba tan jodidamente loco por ella.
Le toqué la nariz con la punta del dedo.
—Así que me gustas... —murmuré. Ya no podía seguir negándolo.
No quería verla llorar más... al menos, no de dolor. Solo de placer. De rabia, tal vez. Pero no de tristeza. Cuando se humilló pidiéndome perdón, entendí que