Nunca te perdonaré

Dante está sentado frente a mí con Sael en brazos, dándole su biberón mientras yo amamanto a Dan. Estoy desnuda, y él solo lleva una toalla ceñida a la cintura.

Estoy nerviosa; todo mi cuerpo se hace bolita, además de lo cansada que me siento... y eso que tuvimos que parar porque los gemelos se despertaron llorando mucho.

—¿Cómo se llama este bebé? —pregunta sin mirarme, con los ojos fijos en Sael, con una devoción increíble.

—Sael. Él es Sael. Dan tiene un lunar en el hombro, igual que tú —me
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