Ni compromisos ni amoríos.
Aparté la mirada. Una punzada extraña me recorrió el estómago.
—Sólo fue por molestar... no pareces un anciano—mascullé entre dientes.
—Lo suponía —murmuró con desinterés. Al entrar en su habitación de armas, me entregó un líquido y una toalla.
—Te enseñaré una sola vez cómo se hace —encendió el aire acondicionado y cerró la puerta.
Una pared entera era un espejo, y lo demás, cristal. El lugar se sentía demasiado expuesto, como si estuviera a punto de desarmarme sin tocarme.
Él comenzó a limpia