Los hermanos.
La reunión estaba en marcha. El tintineo de los vasos con whisky resonaba en el interior.
Las risas se alzaban: unas bajas, otras más intensas, pero Dante no reía. La incomodidad lo abrumaba. En otro momento todo habría sido normal para él, pero ahora no lo era.
—Mataste a un tailandés. Le hiciste un trabajo a un colega de tu padrino... —dijo uno.
—¿Y qué...? —lo interrumpió Dante, seco.
—Tienes que dejar las vacaciones y volver al trabajo. Te necesitamos. Ya que andas haciendo trabajitos por o