Ambos estamos en el comedor. El único sonido es el de los cubiertos rozando los platos a medida que cenamos... o bueno, a medida que yo lo hago.
Actúa como una adulta en algunos aspectos... pero en el fondo, sigue siendo una niña de seis años.
—¿Por qué juegas con la comida? —le pregunto, incómodo.
—No tengo mucha hambre —responde sin mirarme.
Ya lo sé. Está avergonzada. Supongo que también se dio cuenta de lo que sucedió hace un momento.
Somos como un imán al rozarnos; su cuerpo reacciona