Capítulo 125 — La Dama de rojo en la guarida del lobo
El marqués, con un movimiento rápido y posesivo que no admitía réplica, la tomó del brazo cubierto por el guante de seda negra y la arrastró hacia las sombras más profundas donde su carruaje, discreto y sin blasones visibles, aguardaba como una bestia dormida.
— ¡Sube! —ordenó él, abriendo la portezuela con un tirón violento.
— ¿Arturo, qué haces? —preguntó ella, recuperando el aliento y la compostura—. No podemos irnos. Debemos entrar a esa