Capítulo 131 — El llamado
Amanda, radiante de felicidad ajena, se movía a su alrededor como un torbellino de eficiencia y encaje.
— Quédese quieta, señorita, o nunca terminaré de abotonar esto —reprendió la doncella con cariño, ajustando los diminutos botones de perla que cerraban la espalda del vestido de novia.
El vestido era una obra de arte. Seda blanca traída de Francia, bordada con hilos de plata que formaban patrones de enredaderas y flores silvestres, tal como a Virginia le gustaban. E