48- Ni Luna, ni nada.
Agitada, con el corazón retumbándole en el pecho como un tambor de guerra y la adrenalina bulléndole en las venas, Mairen llegó frente a los altos portones de la manada de Ronald, exigiendo verle.
Su voz vibraba con urgencia y fuego, pero lo único que recibió fue una orden seca: esperar fuera.
Se le permitió sentarse en una banca de piedra frente a la mansión, con vista directa a la imponente fachada que tanto la había fascinado la primera vez…
Frunció el ceño. ¿Por qué el trato era distinto?