8.
El Rey Teo Dan, con el rostro deformado por la feicidad de haberse desecho de su esposa.
La caída era de varios cientos de metros, y al fondo solo había rocas afiladas golpeadas por una marea agresiva. Teo Dan se asomó al borde. La fuerza del agua era salvaje, las olas rompían con violencia y el aire estaba lleno de espuma. La zona era conocida por su peligrosidad.
— ¡Inútil! — gritó Teo Dan. A sus ojos, no importaba si se había salvado por un segundo; la fuerza del mar la habría destrozado. —