9.
El frío del océano y el trauma de la caída le habían provocado a Bella una fiebre intensa que casi termina con lo poco que quedaba de su vida. Las mujeres de la tribu se turnaban para poner paños húmedos en su frente y obligarla a beber caldos amargos que le devolvían poco a poco las fuerzas.
Al octavo día, la fiebre finalmente cedió. Bella se despertó con la mente clara aunque su cuerpo se sentía como si hubiera sido aplastado por piedras. Se miró las manos: estaban pálidas y delgadas, pero ya no temblaban tanto.
Se puso en pie con dificultad.
Afuera los hombres cargaban redes pesadas y las mujeres curtían pieles o secaban pescado al sol. Nadie estaba ocioso.
Vio a Sebastian a unos metros de distancia. Estaba sentado sobre un tronco caído afilando un cuchillo de caza con una piedra.
Bella se acercó lentamente.
— Ya veo que no tienes fiebre. — Dijo sin voltear a verla.
— Sí, me siento mejor... He visto que todos aquí tienen un trabajo y no quiero ser una carga. Dime qué puedo hacer...