La decisión, una vez tomada, se asentó en mi pecho con el peso del acero frío. Esperé a que mis hijos cayeran en el sueño profundo que sigue a una toma de leche, sus pequeños estómagos llenos y sus cuerpos calientes y relajados. Los observé en la penumbra de la cueva, mi corazón se encogía con una mezcla de amor feroz y un miedo tan profundo que era casi paralizante.
No eran cachorros de lobo, cubiertos de pelo y movidos por un instinto rústico. Eran bebés humanos. Frágiles. Desnudos salvo por