Por fortuna, la puerta del estudio se había cerrado y nadie, desde afuera, notaría mi intrusión.
Aún así, el pánico era un grito ahogado en mi garganta, el instinto me dijo que debía esconderme. Tenía apenas unos segundos para buscar un lugar. Mi mirada frenética recorrió la pequeña habitación polvorienta. No había dónde correr, ni dónde luchar. Las estanterías estaban demasiado juntas, cualquier movimiento en falso provocaría una cascada de pergaminos. Solo había un lugar. Un pesado y antiguo