La oscuridad era total, pero fría. Sentí la piedra helada contra mi mejilla y el olor a polvo de siglos y a papel quebradizo llenando mis pulmones. Por un momento, no recordé nada. Solo existía el dolor sordo en mi cuerpo y un vacío profundo en mi interior, un hueco donde antes había habido calor.
— ¡Levanta! — la voz de Nera en mi cabeza no fue un rugido, sino un siseo urgente, cargado de un pánico que nunca antes le había sentido. — Naira, ¡levanta ahora! —
Con un gemido, intenté moverme. Mis