El primer error ocurrió antes del amanecer.
No fue un acto grandioso ni una traición declarada. No hubo gritos, ni sangre, ni un desafío abierto al límite que la Luna había marcado. Fue algo mucho más pequeño, y por eso mismo más peligroso: una decisión tomada en silencio, envuelta en la convicción íntima de estar haciendo lo correcto.
Me despertó una sensación áspera en el pecho, como si alguien hubiera pasado una uña por dentro de mi esternón sin llegar a herirme. No era dolor. Era advertencia