El amanecer encontró a Umbra Lux despierto.
No en vigilia colectiva, no en alerta formal, sino en ese estado incómodo en el que el cuerpo descansa, pero la mente se mantiene tensa, incapaz de entregarse del todo al sueño. Los lobos se movían con cuidado entre los árboles y las rocas, como si el territorio ya no fuera completamente suyo, como si cada paso necesitara ser pensado dos veces antes de ejecutarse.
No había órdenes.
No había turnos claros.
Y eso, más que cualquier amenaza externa, come