El santuario no volvió a intervenir.
Pero tampoco nos dejó ir.
No físicamente.
Podíamos movernos, hablar, incluso apartarnos unos pasos del centro, pero algo en el aire dejaba claro que ese momento aún no había terminado. No era una prisión, pero sí una contención. Como si el lugar mismo se negara a permitir que saliéramos de allí sin comprender completamente lo que acabábamos de enfrentar.
No lo que vimos.
Sino lo que significaba.
Me moví lentamente hacia el borde del círculo, no para alejarme