El silencio no se rompió de inmediato.
Nadie habló.
Nadie se movió.
Como si todos entendiéramos que cualquier palabra mal dicha podía inclinar la balanza en una dirección que ya no tendría retorno.
El santuario seguía activo.
No intervenía.
No mostraba.
Pero estaba… presente.
Escuchando.
Registrando.
Esperando.
Yo no aparté la mirada de ellos.
De Rheon.
De Syrah.
No había gritos en mi pecho.
No había rabia desbordándose como antes.
Eso era lo más peligroso de todo.
La calma.
Porque esta vez no