El silencio que quedó no fue vacío.
Fue denso. Espeso. Un silencio que no pertenecía a la calma, sino a la conciencia.
La sombra de Hecate seguía allí, recogida alrededor de su cuerpo como una segunda piel viva, palpitando despacio, contenida por el círculo grabado en la tierra. No avanzaba. No atacaba. Pero tampoco se disipaba. Era una presencia que respiraba odio con paciencia.
Y el clan… el clan no sabía qué hacer con eso.
Durante años habían aprendido a reaccionar ante órdenes claras: atacar