Cuando Lucía regresó a la casa del duque aquel mediodía, aún sentía el eco tenue de la paz que había vivido en el pueblo. Pero la calma se rompió en cuanto vio un carruaje real detenido frente a la entrada y a un mensajero uniformado esperándola con rigidez.
—Lady Lucía —dijo, haciendo una leve reverencia—. Traigo una invitación directa de Su Majestad, la reina.
El corazón de Lucía dio un vuelco.
El mensajero extendió un sobre sellado con el emblema de la corona. Dentro, un papel perfumado y decorado anunciaba:
"Está cordialmente invitada, espero su presencia en una reunión íntima de té, mañana al mediodía, en el Salón del Alba."
Lucía sintió un temblor recorrerle los dedos.
Ella no era la verdadera Lucía.
No sabía comportarse como noble, ni dominar modales, ni seguir protocolos que la hija del duque original manejaba a la perfección.
Cuando cerró la puerta de la casa, se desplomó sobre una silla.
—Alana… ¿y si me equivoco? ¿Y si meto la pata?.
La doncella suspiró dulcemente.
—Mi lady