El eco de las palabras.
Después de la fiesta del té Elena lo esperaba en el corredor lateral del jardín, donde las buganvilias trepaban por los muros como si quisieran oír lo que ella estaba a punto de decir. Eduardo llegó con pasos tranquilos, el rostro inexpresivo, las manos detrás de la espalda. No tenía prisa, ni interés. Solo la cortesía básica de no ignorarla al verla ahí de pie.
—Eduardo… —susurró ella, intentando sonreír—. ¿Podemos hablar?
Él asintió una sola vez. Se detuvo frente a ella, manteniendo la distan