El eco de las palabras.
Después de la fiesta del té Elena lo esperaba en el corredor lateral del jardín, donde las buganvilias trepaban por los muros como si quisieran oír lo que ella estaba a punto de decir. Eduardo llegó con pasos tranquilos, el rostro inexpresivo, las manos detrás de la espalda. No tenía prisa, ni interés. Solo la cortesía básica de no ignorarla al verla ahí de pie.
—Eduardo… —susurró ella, intentando sonreír—. ¿Podemos hablar?
Él asintió una sola vez. Se detuvo frente a ella, manteniendo la distancia justa. Ni un centímetro más cerca de lo necesario.
Elena tragó saliva. Su maquillaje impecable temblaba con la luz del sol.
—No entiendo… —soltó finalmente—. ¿Por qué eres tan frío conmigo? Antes… tú eras distinto. Más… amable. Más cercano.
Eduardo inclinó ligeramente la cabeza, sin cambiar su expresión.
—Las personas cambian —respondió simplemente.
—¿Pero por qué conmigo? —insistió ella, dando un paso hacia él—. ¿Qué hice? ¿Por qué con Lucía eres completamente diferente? ¿Qué tiene ella que