La mañana amaneció clara en el pueblo, con un aire fresco que invitaba, por primera vez en días, a respirar sin miedo. Lucía abrió las ventanas de la casa del duque y dejó que la brisa le despeinara suavemente el cabello. Necesitaba un descanso.
Un respiro.
Un segundo para sentirse humana y no una pieza atrapada entre secretos, muertes y miradas que parecían atravesarla.
Alana entró cargando una cesta.
—Mi lady… ¿y si bajamos al pueblo a desayunar? —preguntó con tono suave—. Le hará bien distraerse un poco.
Lucía apenas dudó.
—Sí… creo que necesito eso.
Era la primera decisión ligera que tomaba en mucho tiempo.
El pueblo estaba más vivo de lo normal: vendedores abriendo puestos, niños corriendo, pan fresco saliendo de los hornos. Lucía inhaló hondo… y sintió algo extraño: paz.
Ella y Alana se sentaron en una pequeña cafetería al aire libre. Una camarera dejó frente a ellas pan tibio, frutas frescas y una jarra de infusión aromática.
Lucía estaba a punto de probar el primer bocado cuan