La mañana amaneció clara en el pueblo, con un aire fresco que invitaba, por primera vez en días, a respirar sin miedo. Lucía abrió las ventanas de la casa del duque y dejó que la brisa le despeinara suavemente el cabello. Necesitaba un descanso.
Un respiro.
Un segundo para sentirse humana y no una pieza atrapada entre secretos, muertes y miradas que parecían atravesarla.
Alana entró cargando una cesta.
—Mi lady… ¿y si bajamos al pueblo a desayunar? —preguntó con tono suave—. Le hará bien distra