Lucia corrió por el corredor del palacio sin mirar atrás.
El vino rojo se extendía por la seda como un veneno, devorando cada hilo de su trabajo. Cinco días sin dormir, sin comer bien, sin respirar… y ahora su vestido —su orgullo, su renacimiento— estaba destruido.
Sintió un nudo en la garganta.
No podía llorar.
No aquí.
Empujó una puerta lateral y entró en una pequeña terraza vacía. La noche estaba fría, la luna partida por las nubes, y el viento le movía el cabello como si también quisiera arrancarle algo.
Lucia apretó los puños.
—¿Por qué…? —susurró—. ¿Por qué siempre…?
No supo si hablaba del duque, de Elena, del destino o de todos juntos.
Detrás de ella, pasos apresurados se acercaron.
—Lucia.
La voz hizo que su espalda se tensara.
Eduardo.
Se volvió lentamente. Él estaba ahí, respirando agitado, su expresión mezcla de enojo, preocupación y algo más profundo que él intentaba ocultar.
—¿Estás bien? —preguntó, dando un paso hacia ella.
Lucia negó con la cabeza.
—Estoy cansada —dijo—