La puerta de la casa se cerró detrás de ella con un sonido seco, casi cruel.
Lucia apoyó la frente contra la madera, respirando como si hubiera corrido kilómetros.
No sabía si era el frío de la noche, el peso del vestido arruinado o la humillación todavía ardiendo en su piel… pero sentía que sus piernas estaban a punto de fallarle.
Había sido demasiado.
Demasiado para un solo día.
Demasiado para una sola vida.
Dio un paso dentro y la penumbra de su sala la envolvió por completo. El silencio era tan profundo que le dolía.
El vestido manchado pesaba como un cadáver a su espalda. Cada movimiento crujía con el olor ácido del vino, como si la escena del baile la siguiera, burlándose de ella.
Caminó hasta su taller.
No encendió todas las velas, solo una lámpara pequeña en la esquina. Su luz amarilla iluminó la mesa desordenada, las telas, los bocetos, las agujas.
Su mundo.
Su refugio.
Se sentó lentamente, como si algo invisible le tirara del cuerpo hacia abajo.
Y entonces… soltó el aire.
Es