Clara salía tarde del bufete aquella noche. Llevaba bajo el brazo los planos corregidos y en el rostro un cansancio satisfecho: el proyecto avanzaba bien y, aunque los nervios nunca desaparecían, trabajar junto a Mateo le había devuelto algo de calma.
Pero al girar la esquina de la calle, su corazón se detuvo.
Apoyado contra un poste, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que helaba la sangre, estaba Facundo.
—Buenas noches, princesa —dijo con voz baja, casi susurrando—. Veo que sales