Clara había pasado una noche tranquila, su respiración serena y su semblante más vivo que en los días anteriores. Zulema había dormido en la silla junto a su cama, y Mateo, aunque cansado, había logrado descansar unas horas en la sala contigua gracias a la insistencia de su tío Mykola, que lo obligó casi a salir de la habitación.
A media mañana, un murmullo en el pasillo anunció la llegada de alguien inesperado. Los pasos eran firmes, pero el ritmo delataba nerviosismo. Alejandro se presentó e