El hospital amanecía con un aire distinto. El bullicio de los pasillos era el de siempre —médicos apurados, enfermeras cargando bandejas de medicación, el sonido lejano de una camilla deslizándose—, pero en la sala de Clara reinaba una atmósfera serena que contrastaba con las jornadas oscuras que todos habían vivido días atrás.
Mateo se despertó sobresaltado en la butaca que había convertido en su cama improvisada. Llevaba días sin descansar de verdad, y el cansancio lo marcaba en la mirada. A