La tarde caía con un calor pesado cuando Alejandro empujó las puertas del bufete. Quince días de viaje lo habían dejado cansado, pero con la urgencia de ponerse al día con su centro de convenciones y con todo lo que había dejado en pausa. Llevaba aún el saco en la mano, las maletas en el auto, y la mente enredada en documentos y asuntos legales. No sospechaba que lo esperaba un golpe mucho más fuerte que el cansancio.
Pero no estaba preparado para lo que iba a escuchar.
Al salir del ascenso