La mañana amaneció cubierta por una neblina espesa. Clara intentó darle normalidad al día: preparó café, cortó frutas y dejó todo servido en la mesa. Pero, por dentro, sentía un nudo en el estómago. La conversación de la noche anterior con Mateo aún pesaba sobre ella.
El teléfono vibró en el comedor. Mateo, que apenas había probado el café, lo tomó de inmediato. Su rostro se tensó al ver el número en la pantalla.
—Otra vez… —murmuró con rabia apenas contenida.
Contestó. Su voz, grave y qu