La ciudad parecía contener la respiración cuando Clara y Mateo cerraron la puerta del apartamento detrás de ellos. No encendieron ninguna luz. El resplandor anaranjado de los faroles de la calle se colaba por la ventana, bañando la sala en un claroscuro inquietante.
Mateo dejó el saco en el respaldo del sofá y caminó hasta la cocina sin decir palabra. Abrió el grifo, llenó un vaso de agua, pero no lo bebió. Sus manos temblaban apenas perceptibles, y su rostro —pálido y contraído— lo delataba.