Las lágrimas habían terminado, pero el peso de lo revelado seguía colgando en el aire como una sombra densa. Mateo estaba sentado en el sofá, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Clara lo observaba de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, sintiendo un vaivén de emociones que la mantenía en vilo: ternura, rabia, miedo, amor.
Se inclinó hacia él y, con suavidad, le acarició la mejilla, y después de dejarlo desahogarse a causa de la ira el dolor contenidos.