El avión aterrizó en medio de un cielo despejado, pero la calma del paisaje contrastaba con el silencio tenso dentro del vehículo que los llevaba de regreso.
Victoria miraba por la ventanilla sin decir palabra, los labios apretados, el rostro pálido de rabia contenida.
A su lado, Adrián fingía indiferencia, revisando mensajes en su teléfono con una media sonrisa.
La luna de miel, que debía ser el comienzo de una vida feliz, había sido un infierno.
Las discusiones habían sido constantes, los reproches interminables, y las sonrisas para las cámaras, una simple máscara.
Cuando el auto cruzó el portón de la mansión Hernández, Victoria respiró hondo, intentando fingir serenidad.
Sus padres los esperaban en la entrada con rostros ansiosos y llenos de orgullo.
—¡Hija! —exclamó su madre, abrazándola—. Cuánto te extrañamos.
—Qué gusto tenerlos de vuelta —añadió su padre—. Cuéntenos, ¿cómo fue el viaje?
Adrián, con su encanto habitual, rodeó la cintura de Victoria y la acercó a él.
—Fue p