—Supongo que los rumores eran ciertos… —comentó Ángela, cruzando los brazos—. Gabriela no es tan santa como aparenta.
Damián la miró con dureza.
—Ten cuidado con lo que dices.
—Solo repito lo que todos piensan —insistió ella, encogiéndose de hombros—. Victoria no habría hecho semejante escándalo si no tuviera razones.
Damián se acercó un paso más, bajando la voz.
—No hables de lo que no sabes. Gabriela no es así.
—¿Y tú cómo lo sabes? —replicó Ángeles con un brillo celoso en los ojos—. ¿Por qué la defiendes tanto, Damián?
Él no respondió. Su silencio bastó para que ella entendiera lo que no se atrevía a decir.
Antes de que la conversación se tornara más incómoda, un joven con uniforme beige entró a la oficina central con un ramo enorme de flores en las manos.
—Disculpen —dijo—, vengo a entregar esto. Busco a la señorita Gabriela Rivas.
Ángeles arqueó una ceja, esbozando una sonrisa venenosa.
—La encontrará al fondo, en la oficina de contabilidad.
El mensajero asintió y se marchó.
Ánge