La tarde se teñía de tonos dorados cuando Gabriela se quedó unos segundos más en la oficina, acariciando con ternura la fotografía de Gabriel, su hijo.
Era su ritual silencioso, un momento íntimo que le recordaba la razón por la que seguía luchando. Sus dedos temblaban al rozar la sonrisa inocente de aquel niño, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Tu mamá se está convirtiendo en una geóloga, mi amor… —susurró con un hilo de voz, forzando una sonrisa quebrada—. Todo esto también es por ti.
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