El eco del segundo estruendo aún vibraba en las paredes cuando todo quedó en un silencio extraño, denso, como si el aire mismo se hubiera congelado. Algunas mujeres se habían llevado las manos al rostro, y los hombres corrían sin saber hacia dónde.
Lo que antes era una fiesta, se había convertido en una cortina de humo.
—¡Ayuda! ¡Alguien quedó atrapado! —gritó una voz desde lejos.
El primero en reaccionar fue Damián. Con un movimiento brusco tomó la lámpara de emergencia y salió corriendo hacia los túneles. Detrás de él lo siguieron varios mineros, con los cascos mal ajustados y las botas resonando sobre el piso de cemento.
Gabriela, con el corazón acelerado, dudó un instante… pero luego se lanzó tras ellos.
Cada paso levantaba pequeñas nubes de polvo que se adherían a la garganta. Gabriela se cubrió la boca con un pañuelo mientras avanzaba, apretando con fuerza la linterna contra el pecho.
Cuando llegaron al túnel principal, la escena la dejó helada. Un derrumbe bloqueaba por comp