Damián sujetó a Gabriela con suavidad pero con firmeza hasta llevarla al auto. Ella todavía respiraba agitada, como si cada bocanada de aire ardiera en su pecho. Su rostro estaba encendido, mezcla de rabia y dolor, mientras miraba por la ventana sin querer encontrarse con sus ojos.
Cuando la ayudó a entrar en el asiento del copiloto, cerró la puerta y rodeó el auto para subirse al volante. Encendió el motor, pero no arrancó. Se quedó mirándola unos segundos en silencio, hasta que habló con calm