El sonido agudo del lector de código de barras me sacó de mi ensimismamiento. Parpadeé un par de veces, observando cómo la luz roja recorría el lomo del libro que tenía en las manos.
—Son doce con cincuenta —dije, con mi mejor sonrisa de cajera.
La clienta me devolvió una sonrisa amable, tomó su bolsa de papel reciclado y salió del local dejando tras de sí una pequeña campanita que tintineó cuando la puerta se cerró. Volví a mirar el reloj de la pantalla de la caja. Quedaban dos horas para cerr