Había pasado una semana desde que desperté.
El mundo seguía girando, aunque a veces sentía que el mío apenas intentaba ponerse en movimiento otra vez. El hospital olía a desinfectante, a limpieza artificial, a tiempo suspendido. Cada día era igual al anterior: las mismas paredes blancas, las mismas voces apagadas en los pasillos, las mismas enfermeras que entraban y salían para comprobar que seguía viva.
Pero lo estaba.
Estaba viva. Y eso, después de todo lo que había pasado, ya era un milagro.