Que no me atrapen por favor

El auto del señor Jones esperaba frente al hotel.

Katrina salió con la maleta en la mano. El cielo comenzaba a oscurecer y el viento le revolvía el cabello. Sentía el corazón desbocado, pero intentaba mantenerse firme.

Todo era por ellos. Por sus bebés.

El chofer abrió la puerta trasera con respeto.

—Señorita.

Katrina subió sin decir palabra y el vehículo arrancó rumbo al aeropuerto privado.

Durante los primeros minutos, el silencio fue pesado. Katrina llevaba una mano sobre el vientre, respirando hondo, tratando de calmar el temblor que no lograba controlar.

Entonces el chofer miró por el espejo retrovisor y su expresión cambió.

—Señorita… ¿reconoce ese vehículo?

Katrina giró lentamente la cabeza.

Y la vio.

El auto negro,  Ángela en el asiento del copiloto.

El miedo le recorrió el cuerpo como un latigazo.

—Es la mujer que quiere hacerme daño… —susurró, cubriendo instintivamente su vientre.

El chofer frunció el ceño y aceleró.

Pero entonces otro automóvil apareció más atrás, acercándose a toda velocidad.

Katrina lo reconocería en cualquier parte.

Marcus.

Su respiración se cortó.

—No… —murmuró—. Ya lo sabe… por favor, no deje que me atrapen.

—Tranquila, señorita —respondió el chofer con firmeza profesional—. No le pasará nada.

Pisó el acelerador.

Los motores rugieron.

El auto de Ángela intentó cerrarlos por la izquierda. El de Marcus venía por detrás, reduciendo la distancia peligrosamente. Pero no intentaba golpearlos. Se movía como un escudo, interponiéndose entre ellos y el vehículo de Ángela.

Katrina temblaba de miedo.

Los tres autos competían en una danza mortal de velocidad.

—Por favor… por favor… —susurraba ella, aferrándose al asiento mientras protegía su vientre.

En el auto negro, Ángela iba en el asiento del copiloto, con el rostro desfigurado por la furia. William conducía, sonriendo con frialdad mientras aceleraba.

—Creo que tu esposito ya lo sabe todo —murmuró él.

—No podrá hacer nada si no hay bastardos —escupió Ángela.

El chofer de Katrina analizaba cada salida, cada calle. Era experto en conducción defensiva.

Giró bruscamente hacia una avenida secundaria. Ángela casi perdió el control, pero William logró estabilizar el vehículo.

Marcus aceleró aún más.

El chofer tomó un desvío estrecho, luego otro. Cambió carriles con precisión milimétrica y aprovechó un camión de carga para bloquear el paso de los otros autos.

Por unos segundos, el caos reinó detrás de ellos.

Luego…

Nada.

El espejo retrovisor mostró carretera vacía.

—Los perdimos —dijo el chofer, aunque no disminuyó la velocidad.

No podían arriesgarse.

Katrina soltó el aire que había estado conteniendo, pero el miedo no desapareció.

Llegaron al aeropuerto privado a toda velocidad.

El avión ya estaba preparado y el señor Jones los esperaba en la pista.

El chofer bajó la maleta rápidamente.

—Señor, nos venían siguiendo.

El empresario frunció el ceño.

—¿Quién?

—Marcus… y su esposa.

El rostro del señor Jones se volvió sombrío.

—Ven, pequeña. Nos vamos ahora.

Katrina lo miró sorprendida.

—¿Usted también va?

—No voy a dejarte sola en esto. Además, si Marcus la está siguiendo, esto es más grave de lo que pensé. Te llevaré con mi hijo y me aeguraré de que tú y esos bebés estén bien.

El ruido de otro motor rompió el aire.

Un auto entraba al aeropuerto.

Los ojos de Katrina se llenaron de pánico al ver el vehículo de Marcus, con el parachoques dañado.

—Es él…

El señor Jones tomó su mano.

—Sube al avión. Ahora.

El viento agitaba su cabello mientras las turbinas comenzaban a encenderse.

Marcus saltó del auto incluso antes de que se detuviera por completo. Corrió hacia la pista ignorando los gritos del personal de seguridad. Gustavo iba detrás de él.

—¡Trina! —gritó con la voz desgarrada.

La vio.

A unos metros de la escalerilla, pálida, asustada… pero viva.

Marcus corrió como si cada paso fuera una súplica al destino.

Pero no llegó, la puerta se cerró, la escalerilla se elevó y el avión comenzó a avanzar.

Marcus se detuvo en seco.

Sintió que el mundo se partía bajo sus pies.

Cayó de rodillas sobre el asfalto mientras el avión aceleraba.

Y entonces el rugido de otro motor volvió a sacudir el aire.

Marcus giró la cabeza.

El auto de Ángela irrumpía en la pista, aún más dañado que antes.

No venía hacia él.

Venía hacia el avión.

—¡No! —gritó, poniéndose de pie.

William conducía directo hacia la trayectoria del avión. Ángela, a su lado, gritaba fuera de sí.

—¡No vas a escapar, maldita!

Marcus no pensó.

Gustavo vio la decisión en sus ojos.

—¡Marcus, no!

Pero ya era tarde.

Marcus subió a su auto, lo arrancó con violencia y aceleró directo hacia el vehículo de Ángela.

Si lo dejaba avanzar, impactaría contra el avión.

Katrina estaba ahí, sus hijos estaban ahí.

El avión ya ganaba velocidad. Las ruedas comenzaban a despegar.

Marcus pisó el acelerador a fondo y giró en el último segundo.

El impacto fue brutal.

Su auto se estrelló contra el lateral del vehículo de Ángela, desviándolo violentamente. El metal se retorció, los vidrios estallaron, el sonido del choque se mezcló con el estruendo de las turbinas.

El coche de Ángela giró sin control y se estrelló contra las barreras de contención.

El de Marcus salió despedido y chocó de frente contra una estructura lateral de la pista.

En ese mismo instante, el avión se elevó.

Las ruedas abandonaron el asfalto.

Subió... Se alejó.

Katrina, sentada junto a la ventanilla, tenía los ojos cerrados, rezando en silencio. No vio el humo. No vio el choque. No vio la sangre.

No vio a Marcus intentando incorporarse entre los restos de su auto.

El avión atravesó las nubes.

La ciudad quedó atrás.

En la pista, entre sirenas que comenzaban a acercarse, Marcus alzó la mirada al cielo. La sangre le corría por el rostro, mezclándose con lágrimas.

—Están a salvo… —murmuró con dificultad—. Trina… Mi Trina, mis bebés están a salvo.

Fue lo único que alcanzó a decir antes de perder el conocimiento.

—¡MARCUUUUUS! —gritó Gustavo, corriendo hacia él.

Katrina y sus bebés estaban a salvo.

Pero a qué costo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP