La huida

El recuerdo llegó como un golpe en medio del caos.

El día que firmaron el contrato con el señor Jones, Katrina lo había planeado todo. Desde el traje exacto que Marcus debía usar —gris oscuro, corte italiano— hasta el vino que debía servirse en el momento preciso. Incluso eligió el regalo perfecto: una pluma estilográfica antigua que sabía que el señor Jones coleccionaba.

En el restaurante, la reunión fue impecable.

Katrina expuso cifras, proyecciones, márgenes de crecimiento. Marcus complementó con visión y seguridad. Hacían un equipo brillante.

El señor Jones los observaba con una sonrisa casi paternal.

—Debo decir que hacen una pareja extraordinaria —comentó aquella noche, levantando su copa.

Marcus sonrió, sin notar el leve rubor en el rostro de Katrina.

El contrato se firmó esa misma velada.

Pero cuando, días después, el señor Jones supo que Katrina había renunciado, pidió verla a solas.

Tomó su mano con afecto.

—Mi niña, si necesitas empleo o cualquier cosa, no dudes en llamarme. Tienes mi número.

—Gracias, señor Jones —respondió ella con educación—. Solo le pido que no le quite su apoyo al señor Miles. Él es muy inteligente. No perderá si confía en él.

El empresario la miró con astucia.

—Ya lo veremos, cariño. Yo aposté por ustedes dos… no solo por él. Veremos qué me ofrece ahora.

Katrina bajó la mirada.

—Está bien.

En ese momento no lo supo.

Pero aquel ofrecimiento sería su salvación.

Ahora estaba allí otra vez.

Frente a la oficina del señor Jones.

Con una sola maleta.

Otra vez empezando desde cero.

—Adelante, mi niña.

Katrina entró.

Ya no era la mujer segura que había presentado proyecciones millonarias con voz firme. Ahora parecía un animalito empapado bajo la lluvia.

—¿Katrina? ¿Qué te pasó, mi niña?

El señor Jones se levantó de inmediato, la tomó de los hombros y la ayudó a sentarse mientras ella luchaba por contener el llanto.

—Señor Jones… necesito su ayuda. Cuando le dije que renunciaría a ser la secretaria del señor Miles, usted me ofreció empleo. Ayuda. Hoy vengo a pedírsela.

Él la miró con atención.

—Necesito desaparecer —susurró ella—. Estoy embarazada… y alguien quiere hacerle daño a mis bebés.

El rostro del empresario se endureció.

—¿Quién?

Katrina tragó saliva.

—La esposa del señor Miles.

El silencio fue pesado.

—Eso quiere decir que esos bebés…

Katrina asintió.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Por eso necesito salir del país. Irme lejos. Todo el mundo cree que es inseminación asistida… pero la señora Miles descubrió lo que pasó entre Marcus y yo. Me odia. Los odia.

Se cubrió el rostro.

—Debe pensar que soy una cualquiera.

El señor Jones negó con firmeza.

—No, cariño. Cuando los vi juntos aquella noche supe que estabas enamorada. Y Marcus también… pero es un ciego.

Se inclinó hacia ella.

—No te juzgaré. Y no permitiré que nadie toque a esos bebés.

Katrina lo miró con esperanza.

—Tengo una filial en París. Mi hijo es el CEO allá. Necesita una secretaria tan capaz como tú. No podrás trabajar mucho tiempo, claro. Debes cuidar a esos pequeños.

—Trabajaré en lo que usted me pida —respondió ella—, pero necesito salir de aquí lo antes posible.

El señor Jones tomó una decisión en segundos.

—Bien. Hablaré con mi hijo. Te irás hoy mismo a París en mi avión privado. Allí él te cuidará y estaremos en contacto constante.

Katrina rompió en llanto y lo abrazó.

—Gracias, señor Jones. No sé cómo pagárselo.

—No es necesario. Eres una buena mujer. Ahora dime… ¿esa maleta es todo lo que tienes?

—Sí. Es lo único que pude sacar.

—Allá compraremos lo que necesites.

—No es necesario…

—Tranquila. Yo me encargo. Ve a descansar a un hotel. Esta noche enviaré un auto para llevarte al aeropuerto. Hoy sales del país.

—Gracias…

Las horas pasaban.

Marcus no dejaba de buscar a Katrina.

—Es como si se la hubiera tragado la tierra —dijo Gustavo, sentado frente a él.

—¿Y cómo no? Ángela la amenazó. Trina debe estar aterrada.

—¿No tiene amigos? ¿Alguien que pueda ayudarla?

Marcus bajó la mirada.

—No. Trina siempre fue muy reservada… Yo era su mundo.

Gustavo lo miró con dureza.

—Piensa, Marcus. Piensa.

En ese instante, una notificación vibró en el celular de Gustavo.

El micrófono.

Se había activado.

La voz de Ángela se escuchó clara.

—¿Cómo que esa maldita zorra se irá del país? Tenemos que encargarnos de ella antes de que salga o no podremos encontrarla.

La voz de William respondió, fría.

—Vamos, gatita. No es tan difícil. Acompáñame. Nos encargaremos ahora mismo. No dejaremos que llegue al aeropuerto.

Marcus y Gustavo se miraron.

El aire se volvió hielo.

—Esa hija de perra… —escupió Gustavo—. Quiere matar a Trina.

Marcus ya estaba de pie.

—Vamos.

Subieron al auto.

El motor rugió.

Esta vez no permitiría que nadie le hiciera daño a la mujer que amaba.

Aceleró a fondo.

Mientras tanto, en un hotel de la ciudad, Katrina acariciaba su vientre, sin saber que el peligro se acercaba.

Y que el hombre que la había perdido…

estaba dispuesto a todo para recuperarla.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP