Mundo ficciónIniciar sesiónEl avión atravesaba las nubes mientras la ciudad desaparecía bajo un manto de luces distantes. Katrina no podía dejar de temblar. Sentía el cuerpo pesado, la mente saturada, el corazón latiendo como si aún estuviera dentro del auto, huyendo.
Llevaba ambas manos sobre su vientre, instintivamente protegiendo a sus bebés, siempre protegiéndolos.
El señor Jones estaba sentado a su lado. Su presencia era firme, estable, casi paternal. Desde que habían despegado no había soltado su mano.
—Tranquila, mi niña —murmuró con voz suave—. Todo estará bien.
Katrina cerró los ojos un segundo, tratando de creer que todo mejoraría pero su corazón le gritaba que no sería así, que algo malo había pasado.
Mientras el avión seguía su curso hacia París, a miles de kilómetros, las puertas de emergencias del hospital se abrían con violencia.
—¡Paciente masculino, trauma severo por impacto vehicular! —gritó un paramédico.
La camilla entró a toda velocidad, Marcus estaba inconsciente, sangre en la mayor parte de su cuerpo.
Cortes en los brazos, su pecho apenas subía y bajaba.
Gustavo corría detrás, sintiendo que el aire no le alcanzaba.
—¡Hagan algo! ¡Es Marcus Miles! ¡No puede morir!
Los médicos no respondieron. Solo actuaron. Lo trasladaron directamente a quirófano.
“En ese mismo momento en el pasillo, Gustavo vio pasar la camilla de Ángela. Apenas rasguños. Un par de puntos de sutura. La rabia le quemó la garganta, pero no dijo nada. Se limitó a mirarla hasta que desapareció detrás de las puertas.
William Carter le sostuvo la mirada.
Gustavo se giró sin dignarse en responder.Tenía cosas más importantes en qué pensar.
—Aguanta, hermano —murmuró, volviendo hacia la sala de espera—. No puedes irte ahora.”
Dentro del quirófano, los médicos trabajaban sin descanso.
—Hemorragia interna confirmada.
—Prepárense para transfusión.
—Pulso inestable, se nos va.
Mientras tanto, en el cielo… Katrina no lograba dormir, miraba por la ventanilla hacia la oscuridad infinita.
Nubes que parecían algodón bajo la luz de la luna.
Se llevó la mano al vientre otra vez.
—Todo estará bien —susurró, aunque no sabía si intentaba convencer a sus bebés… o a sí misma.
El señor Jones la observaba con preocupación.
—Descansa un poco.
—No puedo —admitió ella—. Siento que algo pasó.
Él no respondió porque también lo sentía.
En el hospital, las luces del quirófano seguían encendidas.
Gustavo caminaba de un lado a otro. Después de horas que parecían eternas un doctor apareció.
—¿Familiares del señor Marcus Miles?
Gustavo se acercó de inmediato.
—Soy su amigo. Su hermano.
El doctor lo miró con gravedad.
—La cirugía fue complicada. Tiene múltiples fracturas, contusión pulmonar y una hemorragia interna que logramos controlar.
Gustavo apenas respiraba.
—¿Está fuera de peligro?
El médico dudó.
—Está estable… por ahora. Pero las próximas 24 horas serán críticas. Aun necesitamos operar otras partes de su cuerpo que estan generando hemorragias, aún no saldrá de quirófano, estamos haciendo todo lo posible.
Gustavo cerró los ojos rogando por un milagro, su amigo no podía irse de esa manera, no ahora que esperaba mellizos.
En París el avión descendió atravesando un cielo gris perla, París los recibió con un aire distinto. Más frío. Más denso. Más elegante.
Dos camionetas negras, largas y blindadas, estaban estacionadas a pocos metros. Sus vidrios polarizados reflejaban el cielo nublado. El señor Jones se puso de pie primero. —Vamos, hija. Aquí estarás a salvo. Le ofreció la mano, Katrina la tomó y descendió con cuidado por la escalerilla. El aire frío golpeó su rostro de inmediato. París no era como su ciudad. El viento tenía otra textura, otro aroma. Más húmedo. Más antiguo. Respiró profundo. Tal vez aquí podría empezar de nuevo. La puerta de una de las camionetas se abrió. Y entonces lo vio. “Un hombre alto y de ojos azules descendió del vehículo con paso seguro. Fabiano Jones. Había algo en su presencia que llenaba el espacio sin esfuerzo. Una sonrisa ladeada, calculadora y cálida al mismo tiempo.” —Viejo… al fin llegas —dijo con una sonrisa ladeada—. Si no es porque tienes un problema, no vienes a verme. —Fabiano, hijo mío… qué gusto verte. Se abrazaron con fuerza sincera. No era un saludo frío de negocios. Era familiar. Katrina los observó en silencio. Cuando se separaron, el padre hizo un gesto hacia ella. —Quiero presentarte a alguien muy importante para mí. Katrina Spencer. Fabiano giró la mirada hacia ella y la observó sin disimulo, pero tampoco con descaro. Fue una evaluación rápida, inteligente. —La secretaria de Marcus Miles —dijo con naturalidad—. La conozco. Katrina abrió los ojos con sorpresa. —¿Me conoce? Él sonrió apenas. —Te vi en varias reuniones corporativas. Eras quien presentaba los informes cuando Marcus competía por los contratos internacionales. Siempre clara. Siempre segura. —La miró directo a los ojos—. Sin duda eres una excelente secretaria. Pensé que ese hombre jamás te dejaría ir. Hubo algo en la forma en que dijo eso que hizo que su estómago se encogiera, Katrina bajó la mirada. —Las cosas cambian… —murmuró el señor Jones antes de que ella pudiera responder. Luego añadió: —Katrina, él es mi hijo. Fabiano Jones. Ella enderezó la postura. —Mucho gusto, señor Jones. Él levantó una mano suavemente, negando. —Fabiano. Nada de señor, el señor Jones es mi padre. Su voz era cálida, pero firme, Katrina asintió. —Fabiano. Él sonrió con satisfacción leve, como si esa pequeña corrección hubiera marcado un punto invisible. El viento agitó el abrigo de Fabiano y el cabello de Katrina al mismo tiempo. —Vamos —dijo finalmente—. Tengo la casa preparada. Supongo que vienen cansados del viaje. Le dije a las empleadas que prepararan tu plato favorito, viejo. El señor Jones soltó una carcajada. —Gracias, niño. Vamos.Fabiano abrió personalmente la puerta para ella. Un gesto pequeño, pero significativo.
—Después de usted —dijo. Katrina dudó una fracción de segundo antes de subir. Fabiano tomó asiento frente a ella. El señor Jones a su lado. Durante los primeros minutos, nadie habló. París comenzaba a desplegarse ante ellos. Edificios de piedra antigua, balcones de hierro forjado, calles amplias y elegantes. El Sena asomaba a lo lejos como una cinta plateada. Katrina miraba por la ventana, intentando procesarlo todo, nueva ciudad, nuevo país, nueva vida. Fabiano la observaba con discreción. —Mi padre no trae personas a mi casa —dijo finalmente—. Así que asumo que su situación es seria. El señor Jones intervino. —Lo es. Fabiano no insistió. No era un hombre que hiciera preguntas innecesarias en público. —Entonces aquí estarás protegida —dijo simplemente—. Mi casa tiene seguridad privada. Y si alguien intenta cruzar ciertas líneas… sabré antes de que lo hagan. Sus ojos azules no eran amables en ese momento. Eran calculadores. Katrina apoyó ambas manos sobre su vientre, Fabiano bajó la mirada y lo comprendió.—¿Cuánto tiempo piensa quedarse? —preguntó él, dirigiéndose a su padre.
—El necesario. Fabiano asintió. Eso era suficiente. “El vehículo se detuvo frente a una mansión clásica en piedra clara. Katrina contuvo el aliento. No era ostentosa, era simplemente… poderosa. Fabiano abrió la puerta para ella sin decir nada. —Bienvenida a tu nuevo hogar —dijo en voz baja. No dijo ‘mi casa’. Dijo ‘tu hogar’.”Y esa diferencia no pasó desapercibida.
Katrina bajó con cuidado, miró al señor Jones con ojos agradecidos. —Gracias… —susurró otra vez. Él besó su frente con ternura. —Descansa, hija. Aquí nadie te hará daño. “Mientras Katrina cerraba los ojos por primera vez en semanas con algo que se parecía a la paz… A miles de kilómetros, en un pasillo blanco de hospital, las luces del quirófano seguían encendidas. —Hemorragia interna nuevamente. Pulso inestable. —Se nos va. Marcus Miles estaba muriendo. Y ella no lo sabía. Y él tampoco sabía que la vida que llevaba en el vientre esa noche… ya respiraba en París.”






