Mundo de ficçãoIniciar sessãoTres años y cuatro meses después.
—¡Tío Fabi! ¡Tío Fabiiiiiii! ¡Mira qué lindo está todo!
Una pequeña de rizos dorados y ojos cafés corría por el jardín con su vestido de princesa color crema ondeando detrás de ella. Llevaba una pequeña corona inclinada sobre su cabeza y las mejillas sonrosadas por la emoción.
Detrás de ella corría un niño de cabello rubio y ojos verdes intensos. Más serio en su expresión, más observador, pero igual de feliz. Tenía esa mirada profunda que, a veces, hacía que Katrina sintiera un nudo en el pecho.
Era la viva imagen de su padre.
Un poco más pequeño, un poco más dulce, pero con esos mismos ojos que la atravesaban cada vez que la miraban.
El jardín de la mansión Jones estaba lleno de globos dorados. Era el segundo cumpleaños de los mellizos. Micaella corría entre las flores con su vestido de princesa. Marcel, serio y observador, caminaba detrás de ella con esa mirada profunda que, a veces, hacía que Katrina sintiera un nudo en el pecho.Eran la viva imagen de su padre. Desde la puerta del salón, Katrina los observaba. Tres años. Tres años que había construido una vida en París. Tres años que su corazón guardaba un secreto que crecía con cada día que pasaba. Fabiano se acercó a su lado. —¿Son su viva imagen cierto? Katrina no respondió. Pero sus ojos dijeron todo.”
—¡Mis amoreeeeeees! —exclamó, agachándose justo a tiempo para recibir el impacto de ambos cuerpos pequeños.
Los levantó con facilidad, uno en cada brazo, girando ligeramente mientras ellos reían.
—¿Cómo está mi princesita? ¿Y mi valiente héroe?
—¡Bien, tío! Hoy es nuestro cumpleaños número… — La pequeña frunció el ceño y miró sus deditos, tratando de formar el número— uno… no… dos… trrr
El pequeño, con absoluta seguridad, dijo:
—tres.
Como si fuera lo más obvio del mundo, Fabiano soltó una carcajada.
—Así es, mis niños. Tres años que han hecho de mi vida un caos hermoso.
Los besó en ambas mejillas.
Y por un segundo, mientras los sostenía, algo se suavizó dentro de él.
Katrina los observaba, su sonrisa era serena, madura, diferente.
Tres años y cuatro meses habían cambiado muchas cosas.
Su cabello ahora caía en ondas suaves sobre sus hombros. No era la secretaria impecable de antes. No era la mujer asustada que huyó embarazada. Era madre, y eso la había transformado, la hacía más hermosa.
—Micaella, Marcel — les dijo con ternura—. Dejen a Fabiano, no lo ataquen. Déjenlo respirar.
—¡No lo atacamos! —protestó Micaella, abrazando el cuello de Fabiano.
—Es nuestro —añadió Marcel con naturalidad.
Fabiano arqueó una ceja divertido.
—¿Ves? No tengo opción.
Katrina se acercó a ellos con calma, Micaella extendió los brazos.
—¡Mamá, mira lo que hizo tío Fabi! ¡Un castillo!
En el fondo del jardín se alzaba una estructura inflable elegante, decorada como pequeño palacio blanco y dorado.
Katrina miró a Fabiano.
—No tenías que exagerar tanto.
Él encogió ligeramente los hombros.
—Son tres años. Es un evento importante, el comienzo de los terrible tres años.
Marcel apoyó la cabeza en el hombro de Fabiano.
—Tío… ¿te vas a quedar todo el día?
La pregunta fue inocente.
Pero cargada.
Fabiano sostuvo la mirada del niño un segundo más de lo habitual.
—Claro que sí, campeón. No me perdería esto por nada del mundo.
Katrina notó ese intercambio.
Lo notaba siempre, la forma en que Marcel lo miraba, la forma en que Fabiano respondía.
Había una conexión que no necesitaba explicación.
Tres años atrás, cuando ella llegó a París rota y asustada, Fabiano había sido mucho más que un anfitrión.
Había sido escudo, había sido apoyo, había sido su protector, nadie volvió a amenazarla, nadie volvió a acercarse.
Y aunque el nombre de Marcus rara vez se pronunciaba en esa casa…
Nunca desapareció del todo.
Micaella se soltó de los brazos de Fabiano y corrió hacia la mesa principal.
—¡Quiero ver la torta!
Marcel bajó después, pero antes de correr, miró a Fabiano.
—Gracias, tío.
Y lo abrazó con fuerza inesperada para un niño de tres años Fabiano los dejó ir y se acercó a Katrina.
—¿Alguna vez…? —empezó él, pero se detuvo.
Ella completó la pregunta.
—¿Si pienso en volver a verlo?
Fabiano sostuvo su mirada, no había celos en sus ojos. Había amor, pero un amor diferente.
—No lo sé —admitió Katrina—. Durante mucho tiempo estuve enojada. Luego estuve asustada. Luego… simplemente estuve ocupada siendo mamá.
Miró hacia donde los niños reían.
—Ellos son mi prioridad.
—Lo sé —respondió Fabiano.
Y lo decía en serio. Porque durante tres años, él también había priorizado eso. La seguridad de esa mujer que había llegado a cambiar su vida y la estabilidad de esos niños.
— Pensar que hace tres años casi me arrancabas la mano mientras llegaban al mundo, mi princesita llegó primero y mi pequeño después, supe ese mismo día que aunque no fueran míos, daría todo lo que tenía por protegerlos.
— Fabiano, has sido más que un padre para ellos en estos años y te lo agradezco de todo corazón.
— Gracias a ti por darme esta experiencia, sabes que nunca la hubiera vivido si no hubieras llegado a mi vida.
El jardín comenzó a llenarse con algunos invitados selectos: socios cercanos, amigos íntimos de la familia Jones. Personas cuidadosamente elegidas.
Nada quedaba al azar.
Nada.
—Mamáaaaa —gritó Micaella desde el castillo inflable—. ¡Ven!
Katrina sonrió y caminó hacia ella.
Fabiano se quedó observando la escena. cuando sintió vibrar el teléfono en su bolsillo.Lo sacó. Un mensaje de un número internacional. Solo una línea: ‘Salió del hospital hace dos meses pero sigue en coma.’
Fabiano levantó la vista hacia Katrina, que reía mientras Micaella le manchaba la nariz con crema del pastel. —¿Qué pasa? —preguntó Katrina, al notar su expresión. —Nada.Guardó el teléfono.
Hoy era el cumpleaños de los mellizos.Pero el mundo… El mundo acababa de moverse otra vez.”







